¿Cómo mejorar la experiencia del cliente con la propuesta de valor?
Para mejorar la experiencia del cliente con la propuesta de valor hay que diseñar esa promesa desde lo que el cliente necesita lograr, lo que le...
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Eficiencia Operativa
12 minutos de lectura
Sergio Gutierrez | 29/05/2025
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Sergio Gutierrez | 29/05/2025
Las seis dimensiones para entender la experiencia del cliente son estrategia, personas, procesos, datos, digital y operaciones. Juntas explican por qué un cliente percibe una marca como consistente o fragmentada. Evaluarlas con un modelo de madurez permite saber dónde está la brecha entre lo que el cliente espera y lo que la empresa realmente entrega.
Imagine la reunión de la junta en la que le preguntan a la dirección por qué la satisfacción cayó mientras el presupuesto de experiencia del cliente casi se duplicó. La gerente de mercadeo muestra los avances del nuevo CRM. El director de operaciones explica que los tiempos de entrega empeoraron por un cambio de proveedor. La responsable de servicio recuerda que la rotación en el centro de contacto supera el treinta por ciento. Cada respuesta es razonable, y ninguna explica el resultado. Es una escena ilustrativa, pero ocurre cuando la experiencia se trata como un proyecto de un área y no como una propiedad de toda la empresa.
Muchas empresas dejan la experiencia del cliente en manos de mercadeo o de servicio al cliente. Es comprensible, porque son las áreas que más conversan con el cliente, pero es un error de enfoque. La experiencia se gana o se pierde en decisiones que se toman en finanzas, operaciones, tecnología, recursos humanos y en la propia estrategia del negocio. Cuando la alta dirección invierte en personalización, en un nuevo CRM o en un rediseño del sitio web sin entender en qué dimensión está el problema, el resultado suele ser una inversión aislada que no cambia la percepción del cliente ni el retorno. Este artículo explica qué es la experiencia del cliente, cuáles son sus seis dimensiones, cómo un modelo de madurez convierte un concepto aparentemente abstracto en criterios medibles y qué puede hacer su equipo directivo para priorizar.
La experiencia del cliente es la percepción que una persona construye sobre una marca a partir de todos los estímulos cognitivos, emocionales, sociales y sensoriales que vive en sus interacciones con ella, especialmente en los momentos de la verdad. Es subjetiva, acumulativa y comparativa, porque el cliente no evalúa cada contacto por separado, sino el recorrido completo frente a lo que esperaba. Un cliente interactúa con un negocio a través de publicidad, sitio web, redes sociales, catálogos, asesores comerciales, puntos de venta, facturación y servicio posventa. De cada contacto obtiene una impresión, y de la suma de esas impresiones decide si la relación es positiva o negativa, ordinaria o extraordinaria.
Un ejemplo cotidiano lo ilustra bien. Al ir a un restaurante esperamos encontrar estacionamiento, una mesa bien ubicada, un ambiente sin demasiado ruido, un mesero atento, un menú variado, buena comida, un precio justo y un cobro rápido. Si el restaurante solo mide la atención del mesero, dejando por fuera el parqueo, el ambiente, el precio y el proceso de cobro, ve una parte mínima de la experiencia. Para que esta sea buena tiene que haber armonía entre todos los elementos, incluidos los que el cliente no ve, como la cocina, las compras o la planificación de turnos.
La experiencia depende de los momentos de la verdad, de los puntos de contacto y de los estímulos que genera la marca, pero en el fondo es un concepto holístico que también engloba todo aquello que permite que la experiencia ocurra en primera instancia. Esa es la razón por la que no se puede gestionar desde un solo departamento. Investigadores de McKinsey lo plantearon en Harvard Business Review en The Truth About Customer Experience, al advertir que concentrarse en maximizar la satisfacción en cada punto de contacto puede crear una imagen distorsionada que sugiere clientes más satisfechos de lo que realmente están, mientras se pierde de vista el recorrido completo del cliente. La junta de nuestra escena probablemente tenía buenos indicadores por área y un mal recorrido de extremo a extremo.
>> Design Thinking: ¿cuál es su importancia en la experiencia del cliente? <<
Existen distintos marcos de referencia, con más o menos dimensiones. A partir del trabajo con sus clientes, ICX Consulting identificó seis que un negocio debe considerar para orientarse de verdad hacia el cliente. La estrategia pregunta si la experiencia es un eje explícito de los objetivos y del presupuesto, y su baja madurez se reconoce cuando la CX aparece en el discurso pero no en las métricas de la dirección. Las personas preguntan si la empresa conoce a cada tipo de cliente y cuida la experiencia de sus colaboradores, y fallan cuando existe un solo perfil de cliente para todos y una alta rotación en los puestos de contacto. Los procesos preguntan si están diseñados desde la perspectiva del cliente, y fallan cuando cada área optimiza su tarea mientras el cliente sufre los traspasos.
Los datos preguntan si las decisiones se toman con información del cliente y del negocio, y fallan cuando la información está dispersa en hojas de cálculo y manda la intuición. Lo digital pregunta si los canales digitales y físicos funcionan como una sola conversación, y falla cuando el cliente repite su caso en cada canal. Las operaciones preguntan si las áreas comerciales y operativas están alineadas alrededor del cliente, y fallan cuando las ventas prometen lo que logística o finanzas no pueden cumplir.
Todo empieza por entender cómo interactúan sus clientes.
Las estrategias son los planes de corto, mediano y largo plazo que se siguen para cumplir los objetivos empresariales. Definir el camino correcto es importante para afrontar la competencia y sobrevivir en el mercado, pero también es lo que determina la esencia de la compañía, es decir, hacia dónde va el negocio, en qué mercados compite y con qué propuesta de valor. Delimitar el campo de juego, precisar la propuesta de valor y entender el modelo de negocio son decisiones clave, pero la experiencia del cliente debe ser un eje central de esas decisiones y no un proyecto que se agrega después.
Los estándares los fijan hoy los clientes, que comparan cualquier interacción con la mejor que han vivido, aunque provenga de otra industria. Aun así, la empresa conserva el poder de decidir hacia qué segmentos dirige la innovación, el diseño y las mejoras. Un negocio que se propone aumentar las ventas mejorando la experiencia del cliente, pero no tiene claro un plan para hacerlo, está destinado a perder contra su competencia. La respuesta no es simplemente comprar un software, realizar una investigación de mercado o mejorar un proceso de ventas, mercadeo o servicio. La solución requiere entender por qué la experiencia está siendo afectada y luego utilizar la metodología que mejor se adapte a la necesidad del cliente y del negocio. En esta dimensión, la madurez se nota cuando la experiencia tiene metas, presupuesto y responsables en el comité ejecutivo.
>> ¿Qué es Customer Experience y para qué sirve? <<
La experiencia depende de cada tipo de cliente. En una venta B2B intervienen varios roles. El tomador de decisiones vive la experiencia en carne propia, el prescriptor de nuestros productos o servicios puede beneficiarse de una alianza con la marca y dar buenas recomendaciones al tomador de decisiones, y el influenciador emocional aconseja según lo que ha vivido antes. Diseñar para un solo perfil deja fuera a quienes también deciden.
La segunda mitad de esta dimensión es el cliente interno. Un colaborador vive su propia experiencia al realizar sus tareas diarias, y esa experiencia se transmite al cliente. Entender cómo se siente, preocuparse por su desarrollo personal, generarle incentivos, ayudarle a alcanzar metas profesionales y mejorar su calidad de vida laboral elevan su motivación y su productividad, mejoran el servicio y cambian la percepción que el cliente externo tiene de la marca. Un negocio debe identificar, conocer, apoyar e involucrar a sus colaboradores en la estrategia, de modo que exista un buen clima organizacional y la relación entre cliente interno y cliente externo genere buenos resultados. El modelo de la cadena servicio-utilidad, publicado en Harvard Business Review por James Heskett y sus colegas, vincula la rentabilidad con la lealtad del cliente, la lealtad con la satisfacción, la satisfacción con el valor del servicio, y ese valor con colaboradores satisfechos, leales y productivos. Por eso el diseño de la experiencia del empleado es parte de la experiencia del cliente y no un tema exclusivo de recursos humanos.
Un proceso de negocio es una guía, una secuencia ordenada de las tareas necesarias para cumplir un objetivo. La gestión por procesos coloca al cliente en el centro de las operaciones, estandariza el trabajo y hace que los flujos de información y recursos sean más ágiles. Tener procesos bien definidos reduce costos, mejora el rendimiento, la visibilidad y el control del negocio y facilita la automatización, lo que se traduce en menores tiempos de respuesta. El cliente percibe esa agilidad y esa consistencia como calidad.
El síntoma más común de baja madurez aparece en los traspasos entre áreas. Cada equipo cumple su indicador, pero el cliente espera, repite información o recibe respuestas contradictorias. Piense en un banco donde la apertura de una cuenta empresarial pasa por ventas, cumplimiento, operaciones y tecnología. Cada área cumple su plazo interno, y aun así el cliente tarda tres semanas en operar. Diseñar procesos desde la perspectiva del cliente obliga a mirar esos puntos de unión, que suelen ser donde más valor se pierde.
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Los datos internos permiten ver la situación actual, evaluar el desempeño y saber si las estrategias acercan o alejan al negocio de sus objetivos. Los datos del cliente permiten validar supuestos, abrir discusiones internas con evidencia y ajustar las decisiones a medida que el mercado cambia. Un ejemplo sencillo es el de una empresa que analiza con mapas de calor qué secciones de su sitio web se usan más y cuáles casi no se visitan. Puede rediseñar la navegación para facilitar lo que el cliente busca y decidir si vale la pena atraer tráfico hacia las secciones menos vistas. Sin datos, la forma de comunicarse, de diseñar puntos de contacto y de crear productos es aleatoria, y sus resultados también.
El retorno de esta dimensión puede ser considerable. En su guía para directores generales sobre experiencia del cliente, McKinsey señala que los líderes en CX que usan analítica avanzada pueden lograr aumentos de ingresos de 5 a 10 por ciento y reducir costos de 15 a 25 por ciento en un plazo de dos o tres años. Lograrlo exige un proceso y una herramienta tecnológica para gestionar los datos del cliente y los internos, como un CRM, además de reglas claras sobre quién los mantiene y cómo se usan.
Evalúe el estado actual de la experiencia de sus clientes.
Buena parte de las interacciones con una marca ocurre hoy en canales digitales como el sitio web, las redes sociales, la mensajería, el correo y las plataformas de comercio. El mundo físico sigue siendo un espacio importante, sobre todo donde se manifiestan las sensaciones, pero el cliente ya no distingue entre uno y otro. Cuando alguien ve un producto en el catálogo en línea, pide información por WhatsApp y luego visita el punto de venta, no quiere repetir su historia en cada paso. Espera que la marca lo reconozca y que la conversación continúe donde la dejó.
Las plataformas actuales permiten centralizar las interacciones de WhatsApp, correo y redes sociales en un expediente único del cliente, donde se analizan todas sus interacciones con la marca y se genera una experiencia digital y física fluida y uniforme. La madurez en esta dimensión no se mide por el número de canales, sino por qué tan fluida y uniforme es la experiencia al pasar de uno a otro.
Esta dimensión trata del alineamiento entre los procesos comerciales y los operativos. Sin armonía entre logística, finanzas, producción, mercadeo, ventas y servicio, el negocio difícilmente avanza. Piense en una venta concreta. Mercadeo promociona un producto que planificación identificó como de alta rotación. Compras adquiere la materia prima, producción lo fabrica con el presupuesto que libera finanzas, el centro de distribución lo entrega y servicio atiende cualquier inconveniente. Para el negocio son seis procesos con objetivos distintos. Para el cliente es una sola compra.
Por eso el customer journey es la herramienta natural para alinear operaciones, ya que muestra el recorrido como lo vive el cliente y revela qué eslabón debilita la cadena. Al fin y al cabo, «una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil», una idea que el filósofo escocés Thomas Reid ya expresaba en 1786, según el origen documentado de esta expresión.
>> ¿Cómo mejorar la experiencia del cliente con la propuesta de valor? <<
Un modelo de madurez es un marco estructurado para evaluar de forma sistemática el nivel de desarrollo de un negocio en una o varias dimensiones críticas. Define niveles de desempeño, desde estados iniciales, reactivos e intuitivos, hasta estados avanzados, consistentes, medibles y optimizados. Para cada nivel establece prácticas observables, lo que permite comparar a la empresa contra un patrón objetivo y repetir la evaluación en el tiempo para medir el progreso.
Aplicado a la experiencia del cliente, el modelo convierte un concepto que a menudo se percibe como abstracto en criterios claros. Define qué significa, en cada nivel, estar orientado al cliente en estrategia, personas, procesos, datos, digital y operaciones. Al comparar esas prácticas con lo que la organización hace hoy, se hacen visibles las brechas entre lo que el cliente espera y lo que recibe, y se pueden priorizar. Esas brechas, que muchas veces se manifiestan como fricción, desconexión o inconsistencias entre canales, quedan cuantificadas.
En la práctica, un modelo de madurez se convierte en una hoja de ruta. Ayuda a identificar en qué punto está la empresa hoy, cuáles son las brechas respecto al nivel deseado y qué capacidades, procesos, tecnologías o cambios culturales se necesitan para avanzar. Así orienta la priorización de iniciativas, evita inversiones aisladas sin impacto, permite al equipo directivo alinear recursos, presupuesto y tiempos, y secuencia los cambios para cerrar progresivamente la distancia entre la promesa de marca y la experiencia real del cliente.
Una forma práctica de leer los niveles es pensar en cinco etapas. En la inicial la experiencia depende del esfuerzo individual y no hay responsables ni métricas comunes. En la etapa en desarrollo existen iniciativas por área, como encuestas o un CRM, pero no están conectadas. En la definida hay recorridos del cliente documentados, indicadores compartidos y un responsable ejecutivo. En la gestionada las decisiones de inversión se toman con datos de experiencia y se mide su impacto en ingresos y costos, y en la optimizada la mejora es continua y la experiencia forma parte de la cultura y de los incentivos.
El ICX Maturity Model para experiencia del cliente aplica esta lógica a las seis dimensiones. No pretende ser una guía para diseñar experiencias, para lo cual ICX cuenta con la metodología de Customer Experience Design, sino una herramienta de diagnóstico previo que muestra en qué nivel está el negocio, a qué nivel quiere llegar y cuánto tiempo y recursos requerirá el camino.
Un comité directivo puede hacer una primera lectura en pocas semanas si procede con orden. Conviene elegir uno o dos recorridos críticos, por ejemplo la primera compra de un cliente nuevo o la resolución de un reclamo, porque evaluar todo a la vez diluye el análisis. Luego se reúne un equipo transversal con ventas, servicio, operaciones, finanzas, tecnología y recursos humanos, ya que cada dimensión necesita a quien la conoce desde adentro. Cada dimensión se califica con evidencia, pidiendo ejemplos concretos, datos y documentos que respalden el nivel asignado, pues las opiniones sin evidencia tienden a sobrestimar la madurez.
El paso que más aporta es contrastar la autoevaluación con la voz del cliente, es decir, con encuestas, quejas, comentarios de vendedores y comportamiento real, porque ahí aparecen las brechas más relevantes. Después se priorizan por impacto y esfuerzo las dos o tres brechas que más afectan ingresos, retención o costo de servir y que se pueden cerrar con los recursos disponibles. Se cierra con una hoja de ruta con responsables y fechas, y con una nueva medición en un plazo fijo para comprobar el avance.
El error más frecuente es empezar por la tecnología. Un CRM o una plataforma omnicanal acelera lo que existe, y si el proceso o la estrategia están mal definidos, la herramienta amplifica el problema. Otro es medir solo puntos de contacto, porque una buena calificación en cada interacción no garantiza un buen recorrido y conviene medir también el resultado de extremo a extremo. Un tercero es olvidar al colaborador, ya que pedir más empatía a equipos sobrecargados, mal equipados o con incentivos contrarios no funciona. Por último, muchas empresas tratan la CX como un proyecto, cuando la experiencia necesita gobierno permanente, responsables y presupuesto, y no una campaña con fecha de cierre.
Las seis dimensiones se traducen en decisiones concretas sobre la cadena de valor comercial. Para atraer, una propuesta de valor clara y coherente en todos los canales reduce el costo de convencer a un cliente nuevo. Para convertir, procesos sin fricción y datos compartidos entre mercadeo y ventas evitan que las oportunidades se pierdan en los traspasos. Para retener y fidelizar, gestionar recorridos completos y no solo interacciones aisladas protege la relación en los momentos que más pesan en la decisión de quedarse.
Servir mejor depende de un expediente único del cliente y de colaboradores bien preparados que resuelvan más rápido y con menos esfuerzo, y la eficiencia aparece cuando las operaciones se alinean con la promesa comercial y desaparecen los reprocesos, las excepciones y los costos que el cliente no valora. La recomendación central es asignar la experiencia del cliente a un responsable en el comité ejecutivo, con metas vinculadas a ingresos, retención y costo de servir, y no dejarla repartida entre áreas sin autoridad sobre las demás. Con esa decisión, la junta de nuestra escena habría podido hacerle a una sola persona la pregunta sobre la caída de la satisfacción.
ICX Consulting evalúa la madurez de la experiencia del cliente en las seis dimensiones y traduce las brechas en una hoja de ruta priorizada. Nuestra práctica de consultoría en experiencia del cliente combina el ICX Maturity Model con metodologías como ICX Compass para diagnosticar, diseñar y medir recorridos completos. Cuando la solución requiere tecnología, la implementamos sobre el proceso ya rediseñado, de modo que el cambio se note en la experiencia y en los resultados. Si desea profundizar en los fundamentos, puede leer nuestro artículo sobre qué es customer experience y para qué sirve.
Para comenzar con su propio equipo, descargue nuestro kit de recorrido del cliente y mapee uno de sus recorridos críticos antes de evaluar las seis dimensiones.
Una vez al año suele ser suficiente para la evaluación completa, porque los cambios de madurez requieren tiempo. Entre evaluaciones conviene seguir indicadores operativos y de satisfacción con mayor frecuencia, por ejemplo trimestralmente, para confirmar que las iniciativas de la hoja de ruta avanzan y que no aparecen nuevas brechas en los recorridos críticos.
Aplican a ambas, pero cambia el peso de cada una. En B2B la dimensión de personas es más compleja porque intervienen varios roles en cada compra y las operaciones suelen involucrar contratos y niveles de servicio. En B2C pesan más la escala, los canales digitales y la consistencia entre tiendas, sucursales y plataformas.
Un grupo pequeño con representantes de las áreas que tocan al cliente directa o indirectamente, entre ellas ventas, servicio, mercadeo, operaciones, finanzas, tecnología y recursos humanos, con un patrocinador del comité ejecutivo. Incluir a personas de primera línea, no solo gerentes, aporta una visión más realista de lo que ocurre cada día con los clientes.
La encuesta mide lo que el cliente percibe en un momento dado. El modelo de madurez evalúa las capacidades internas que producen esa percepción, como estrategia, procesos o datos. Ambos se complementan. La encuesta señala el síntoma y el modelo de madurez ayuda a encontrar su causa y a decidir dónde invertir primero.
Cada organización enfrenta retos distintos en la experiencia de sus clientes, y la forma más rápida de avanzar es saber con precisión en qué dimensión está la brecha. En ICX podemos acompañarle a medirla y a convertirla en un plan de acción que su equipo directivo pueda ejecutar. Solicite un diagnóstico con un consultor de ICX y evalúe la madurez de la experiencia de sus clientes.
Para mejorar la experiencia del cliente con la propuesta de valor hay que diseñar esa promesa desde lo que el cliente necesita lograr, lo que le...
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La experiencia del cliente en la industria de alimentos y bebidas es la suma de lo que el consumidor vive con una marca, desde el sabor que recuerda...